6 de noviembre de 2010

Fuiste esas gotitas que van llenando el vaso poco a poco y finalmente el vaso se rompió. Fuiste el placer de pisar las hojas secas en otoño y la sonrisa de un niño el día de Reyes. Fuiste una canción que ya no puedo cantar, fuiste lo que se siente cuando tu equipo favorito gana el partido. Fuiste Beverley Hills y Miami Beach. Fuiste atracción que de recíproca solo tuvo unas semanas. Fuiste príncipe en tu mundo, rey en mi corazón. Fuiste el olor a café por las mañanas y los atardeceres de septiembre. Fuiste mi libro preferido y el actor que tanto me gusta. Fuiste el escritor de todas las historias que hay en mi cuaderno y hoy solo me queda escribir esta carta de despedida que no sé si vas a leer algún día porque nunca te la voy a dar. Después de tanto tiempo me he dado cuenta que las lágrimas no hacen que alguien que no te quiere lo haga, ni hacen que se vayan los miedos o que se pare el tiempo. Hoy me di cuenta de que por mucho que llore, patalee o grite en silencio, nadie va a parar su vida por mí, todos van a seguir con sus asuntos. Ahora mismo posiblemente haya un millón de personas por la calle, unas corren para ir al trabajo, otras ríen en una cafetería, una señora pasea a su perro y una nena juega con sus amigos en el parque. Y vos puede que estés pensando en los bonitos ojos de esa chica, en que querés llegar a casa porque tenés un sueño terrible o en que tenés que pedirle plata a tu papá para comprarte esas zapatillas que tanto te gustaron el otro día y mientras, yo estoy acá intentando escribir una carta de despedida para decirte que te voy a olvidar para siempre y en el fondo sé que es mentira porque ya he escrito unas cuarenta cartas de este tipo. Y mañana cuando vos estés pensando en comerte esa porción de pizza que tenés en la heladera, posiblemente yo voy a estar pensando en llamarte pero no lo voy a hacer porque voy a pensar que en ese momento seguramente estás en  un momento intimo con una de tus “amiguitas”, porque sí, tengo una mente retorcida que hace que imagine esas cosas para torturarme, para que me enoje con todo y acabe leyendo libros donde voy a odiar al autor por describir tan malditamente bien lo que siento. Y si te lo estás preguntando, sí, yo también me hago preguntas estúpidas como "¿Pensará en mí?" pero tranquilo, no hace falta que me contestes, ya sé la respuesta. Ahora supongo que tengo que despedirme, no te voy a negar que tengo lágrimas en los ojos y que me duele resignarme a olvidar pero imagino que eso es lo que hacen todos los perdedores, ¿no? resignarse. A pesar de lo que me has dolido y dolés no te puedo negar que fuiste y sos la inspiración que hace que escriba en las noches de tormenta.
Te amo, te amo de una manera inexplicable, de una forma inconfesable, de un modo contradictorio. 
Te amo con mis estados de ánimo que son muchos y cambian de humor continuamente, por lo que ya sabés, el tiempo, la vida, la muerte.
Te amo con el mundo que no entiendo, con la gente que no comprende, con la ambivalencia de mi alma, con la incoherencia de mis actos, con la fatalidad del destino, con la conspiración del deseo, con la ambigüedad de los hechos.
Aún cuando te digo que no te amo, te amo. Aun cuando te engaño, no te engaño. En el fondo, llevo a cabo un plan para amarte mejor. Pues, aunque no lo creas, mi piel extraña enormemente la ausencia de tu piel. 
Te amo. Sin reflexionar, inconscientemente, irresponsablemente, espontáneamente, involuntariamente, por instinto, por impulso, irracionalmente. 
En efecto no tengo argumentos lógicos, ni siquiera improvisados para fundamentar este amor que siento por vos, que surgió misteriosamente de la nada, que no ha resuelto mágicamente nada, y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada ha mejorado lo peor de mi.
Te amo. Te amo con un cuerpo que no piensa, con un corazón que no razona, con una cabeza que no coordina.
Te amo incomprensiblemente. Sin preguntarme porqué te amo, sin importarme porqué te amo, sin cuestionarme porqué te amo.
Te amo sencillamente porque te amo, yo misma no sé porqué te amo.