Cuando damos lo mejor de nosotros mismos a otra persona, cuando decidimos compartir la vida, cuando abrimos nuestro corazón de par en par y desnudamos el alma hasta el último rincón, cuando perdemos la verguenza, cuando los secretos dejan de serlo, al menos merecemos comprensión. Que se menosprecie, ignore o desconozca fríamente el amor que regalamos a manos llenas es desconsideración o, en el mejor de los casos, ligereza. Cuando amamos a alguien que además de no correspondernos desprecia nuestro amor y nos lastima con su indiferencia, estamos en el lugar equivocado. Esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigamos. La cosa es clara: si no me siento bien recibido en el corazón de alguien, empaco y me voy. La misión de todos en este mundo es encontrar la felicidad, pero la real, no la que creemos que es. Nadie se quedaría tratando de agradar y disculpándose por no ser como les gustaría que fuera. En cualquier relación de pareja que tengas, no te merece quien no te ame ni te comprenda, y menos aún, quien te lastime. Y si alguien te hiere reiteradamente sin mala intención, puede que te merezca, pero no te conviene...
17 de junio de 2009
16 de junio de 2009
Que noche tan fea, como los recuerdos se apoderaban de mi, estaban en mi cabeza, no paraban y yo sentía como dolia el pecho en ese agujero que tengo, sentía como la piel se desgarraba con sólo pensar su nombre, con sólo pensar en que lo habia visto, al haberlo visto todo volvio a mi, no podía dormir, su cara, sus ojos, su sonrisa, su voz, todo. Pero no derrame lágrimas, por más doloroso que fuera, no lo hice, no podía.
Ya perdoné errores casi imperdonables. Ya traté de sustituir personas insustituibles. Olvidar personas inolvidables. Ya hice cosas por impulso. Ya me decepcioné con personas, cuando nunca pensé decepcionarme, más también decepcioné a alguien. Ya abracé para proteger. Ya me reí cuando no podía. Ya hice amigos eternos. Ya amé y fui amado. Pero también fui rechazado. Ya fui amado y no supe amar. Ya grité y salté de tanta felicidad. Ya viví de amor e hice juramentos eternos. Ya lloré escuchando música y viendo fotos. Ya llamé solo para escuchar una voz. Ya me enamoré por una sonrisa. Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia. Tuve miedo de perder a alguien especial. Pero sobreviví. Y todavía vivo.
Yo sé que no me querés, pero tengo algo de esperanza. Siempre me han dicho que es lo último que muere y cuando muere, también morís vos. Por eso, con esta ilusión que me queda, te escribo estas palabras que salen de las heridas que me ocasioné, porque no tenés la culpa de que yo te quiera, no. Es mia por quererte como lo hago. Es culpa de este corazón y de esta mente débil que se dejaron influenciar por tus encantos, por esa agridulce felicidad que puedo llegar a sentir en ocasiones. ¿Sabés? Me gustan muchas cosas, pero el simple hecho de que me gusten no significa que las vaya a tener. La posesión es un simple deseo idiota, egoísta, porque las cosas realmente no son mías, ni siquiera mi propia vida me pertenece: me puede ser arrebatada en un suspiro. Por eso, yo albergué el sueño de disfrutar tiempo de mi prestada existencia con vos. Yo sé que quizás no compartas mi tonta quimera, que después de todo eso es, y nada más.
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