17 de febrero de 2010

Sartre decía que queramos o no siempre elegimos, incluso cuando hacemos lo que otros nos dicen que hagamos nosotros elegimos hacer eso.
Sos vos, siempre sos vos el que elige, aunque hayas acatado órdenes de otro como un robot sos vos el que elige acatar esas órdenes. Quieras o no siempre elegís.
Es muy fácil excusarse diciendo “Yo hice esto por esto o por lo otro”. Si vos lo hiciste fue porque quisiste porque fue tu decisión. Es como en el juego Simón Dice, Simón te dice que hagas esto o lo otro, ahora si vos lo hacés fue por decisión tuya, porque vos lo elegiste.
Incluso cuando no sabemos que elegir ya elegimos. ¿Viste cuando uno va a pedirle un consejo a un amigo sobre algo? En realidad, en el fondo, uno espera que ese amigo le diga tal cosa porque vos ya elegiste. Lo único que vos querés es que tu amigo te diga que no elegiste mal.
Es así, te podes pasar la vida echándole la culpa a los demás, diciendo “Yo hice lo que Simón me dijo que hiciera”. Hasta el soldado que mata por orden de su jefe decide, porque él decide hacerle caso.
Ni siquiera cuando nos obligan a algo dejamos de elegir. Porque nadie más que vos elige, siempre, en todo momento. Decidir es algo intransferible y solitario, y eso angustia. Angustia porque sabés que tu decisión va a tener consecuencias, pero es tu decisión, aunque Simón diga lo que diga, es tu decisión.
A veces uno cree que lo que duele es la realidad pero lo que duele es el ideal. La vida que imaginás puede ser un sueño, pero también puede convertirse en una cárcel.
Imaginar tu vida ideal está bueno, pero que la vida imagine por vos es mucho mejor. A veces hay que dejarse sorprender.
La obsesión por el ideal te puede hacer perder de vista lo real, lo verdadero, lo que necesitás, nada está a la altura de un ideal.
Si querés concretar tus sueños lo mejor es empezar por matar al ideal. Ojo, no me estoy refiriendo a matar los ideales, sino que hay veces que uno se imagina su vida como si fuera una película, una epopeya heroica, y es muy difícil estar a la altura de ese ideal.
El ideal es una luz muy brillante, muy brillante, tanto que puede terminar opacando la realidad. Podés sufrir toda la vida por ese ideal, hermoso, puro, brillante, pero lejano y cada vez más lejano.
Hay que poder distinguir los sueños del ideal. Los sueños son pequeñas excusas que nos ayudan a crecer. El ideal es una gran mole de oro que nos paraliza. En cambio la realidad es frágil, endeble, imperfecta, pero verdadera.
Porque al final del camino uno puede contar la vida que vivió, no la que imaginó. Entonces mejor que imaginar la vida es vivirla.
Cuando queremos, lo que queremos es que el otro también quiera.
Por más que uno quiera, y quiera que el otro quiera, las cosas serán cuando deban ser. Uno puede querer que el otro quiera pero no puede obligarlo a querer. Hay que aprender a aceptar -aunque duela- que siempre será lo que tiene que ser.
Nos esforzamos, nos arriesgamos para lograr que el otro también quiera, ese es el verdadero deseo… Y el deseo es incompleto si es sólo de uno, necesitamos de otro, necesitamos querer lo mismo.
Fue tu indiferencia
mi peor castigo.
No soy mejor que vos, y no seré perfecta, a medio camino por andar, cayendo y volviéndome a parar. Aprendo del error. Creo que el destino se escribe con gotas de sudor. No temo a la herida ni al dolor. Y ahora sé muy bien a dónde va la vida. Y no hay mentira que me engañe, a nada vendo la razón.
Para enamorarme no necesito tu consentimiento.
Dame un solo beso que dure más que una mentira.
Por un momento me creí que te tendría. Pensé por unos minutos que tal vez podría significarte algo. Me mentí, como siempre hago cuando ya es demasiado. Perdón por no ser lo que esperan(s). Pero tampoco quiero perder aquello que nunca tuve.
Las mujeres necesitamos la belleza para que los hombres nos amen, y la estupidez para que nosotras amemos a los hombres.
Fue sin querer: es caprichoso el azar.
No te busqué ni me viniste a buscar.
Vos estabas donde no tenías que estar, y yo pasé, pasé sin querer pasar.